Desde mi Balcón Natalino: Entre poemas y estertores pedagógicos

Cartas

El 13 de enero de 1997 recibíamos una noticia que suponíamos iba a cambiar el rumbo de la educación natalina. Nuestro aporreado liceo industrial (Politécnico Luis Cruz Martínez) -se anunciaba- iba a formar parte de los 53 liceos de un esfuerzo educacional titánico, el proyecto “Montegrande”. Habían postulado más de 200 liceos a lo largo de Chile. Razón para tanto orgullo por el beneplácito, pues ni siquiera Punta Arenas, había sido considerada. Profesores emocionados y llorosos celebraban este maná educativo; alumnos poco entendían los alcances, pero también celebraban; apoderados ausentes invocaban que los buenos espíritus del “Montegrande”, les fueran útiles a sus hijos, para que pronto partieran a buscar pega a la Patagonia argentina.

Las autoridades educacionales de la región se acercaban más a menudo por Puerto Natales, había que sacarle brillo a esta nueva joyita. Se venía una innovación educativa, adiós a las prácticas pedagógicas memorizantes, con currículum desvinculados de la realidad, desde ahora en adelante sólo innovación y espíritu positivo. Engolados maestros explicaban que los colegios “Montegrande” serían la columna vertebral de una explosión pedagógica en Chile. Los nuevos tiempos eran de autonomía en la gestión escolar, adiós a los colegios maniatados; los elegidos tendrían todas las atribuciones para generar sus propios recursos y reinvertirlos.

Era la respuesta del Estado a la incorporación de tantos educandos, provenientes de hogares que tenían asegurada ya sus necesidades básicas, y presionaban por estudiar. Chile crecía económicamente y se alejaba de las excluyentes estadísticas de pobreza, que indicaban en 1980 que sólo un 65 por ciento de los jóvenes en edad de estudiar estaba en la enseñanza media. Para entonces estaban en el sistema un 78 por ciento (1990).

Todos en Puerto Natales, en los últimos años del siglo pasado, sabían que algo pasaba en el “liceo industrial”; camiones con acoplados, bajaban grandes cajones, donde se suponía venían las maquinarias para la nueva enseñanza. Algunos elucubraban que venían tornos y fresadoras computarizadas, capaces de fabricar sofisticados repuestos, sin necesidad de la intervención humana. Autoclaves, cocinas y amasadoras necesarias para cocinar manjares y exquisiteces, que los futuros “chefs” natalinos prepararían a los turistas que ya empezaban a aumentar en número y exigencias culinarias. Ni hablar de las herramientas llegadas para la reparación de automóviles, revivirían la Ferrari natalina, de los tiempos de Marinovic del año 48, en el desaparecido Frigorífico Natales.

¿Qué pasó en estos diecisiete años de vida del proyecto estrella de la educación natalina? Siento una pena profunda cuando el alcalde Paredes declara ya sin poder disfrazar, la triste realidad del fracaso, “el Liceo Politécnico Luis Cruz Martínez, está en un muy mal pie y si sigue así no se llegaría a fin de año y por ello es necesario para revertir esta situación que se haga cargo la señora Susi”. Los estudiantes disminuyen, ya no creen en vendedores de ilusiones que les ofrecen Liceos de Anticipación y un Instituto Nacional por región. Las administraciones municipales siguen ahogando a la educación; los profesores en la indefinición, abominando al Estado, al cual tanto llamaban para que volviera a cumplir con una misión irrenunciable. Llega una nueva directora, la docente Cristina Susi, quien -en su currículum- señala haber sido directora de la Escuela Pedro Sarmiento de Gamboa de Punta Arenas, establecimiento también con estertores pedagógicos.

Recorro los pasillos del Liceo Luis Cruz Martínez. Frente a un taller observo por los ventanales los que fueron tornos, fresadoras, bruñidoras y otras maquinarias inertes por muchos años. En la entrada un letrero: “Taller de Mecánica Industrial”, más que un anuncio, hoy, me parece una lápida.




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