Desde mi Balcón Natalino: Vienen los Chinos

Cartas

Hasta hace treinta años vivíamos en el Puerto Natales autárquico, autosuficiente y cuya comunidad se valía por sí misma. Con la llegada del turismo fuimos más cosmopolitas en los veranos, con la llegada de batallones de mochileros, pero en invierno seguíamos los de siempre. Llegados los días presupuestados para los destinos turísticos, que son atracción mundial, la población se ha diversificado. Nuevos actores han llegado para acompañarnos.

Primero fueron europeos y americanos, atraídos por nuestros paisajes tan excéntricos por lo brutalmente ignotos y cursimente “prístinos” como vociferan los propagandistas de la Patagonia. Abandonaron sus mochilas de errantes y optaron por transformarse de nómades en sedentarios. Luego se quedaron quienes no soportaron la idea de vivir alejados de paredes montañosas tan desafiantes.

Los últimos que han llegado por estos dominios en forma intermitente, son vecinos del barrio hispanoamericano. Los más abundantes han sido colombianos, dominicanos y venezolanos. Todos ellos, con menor o mayor grado de instrucción, vienen como migrantes económicos, al parecer, pese a las diferencias climatológicas, aquí se sienten bien.

Los más informados, en el pelambrillo pueblerino, especulan con la pronta llegada a Puerto Natales, de un nuevo componente poblacional; no somos la excepción, puesto que Chile, está acogiendo una numerosa migración comercial china. No son ni migrantes económicos, como tampoco, políticos ni culturales. Vienen a hacer en Puerto Natales, lo mejor que han demostrado practicar en la historia de la humanidad, ser comerciantes. Todos hablan del “Mall Chino” de la calle Prat con Esmeralda, no exento de especulaciones.

Son portadores de una tradición cultural milenaria. En China, el patrón, el empleador es casi el dueño de la vida del trabajador. Los ciudadanos chinos se integran poco a la vida social de las ciudades donde llegan. Ganan el sueldo mínimo, por estar sujeto al Código del Trabajo, pero ese emolumento es equivalente en los de menores salarios, en dólares, al ingreso anual de un obrero allá en China. Vienen para quedarse y se da un hecho contradictorio, muchos de ellos llega a recibir su pasaporte chileno, dominando no más de una decena de vocablos en español.

El idioma es una gran barrera para la integración a la sociedad chilena. El idioma chino, tiene muchos dialectos, tantos como las regiones de ese inmenso país; para uniformar un poco la comunicación, entre ellos, se entienden en chino mandarín; en las colonias más numerosas se habla el pequinés o el cantonés, dependiendo de las ciudades de origen. Cuando logran hablar español lo hacen sin adjetivos. Además no hay en Chile Institutos de enseñanza, al menos, del mandarín. La comunicación la facilitan los hijos, al ingresar a la escolaridad; pero a los padres no les agrada, como lo confiesan a un matutino santiaguino, que sean “chinos, sólo de cara chinos”, o bien, “plátanos”, caracterizados jocosamente como amarillos por fuera y blanco por dentro.

Cuidan la cercanía del negocio (tienda o restaurante) cerca de la bodega y el hogar; en lo posible vivir al lado de todo. Quienes provienen de la región de Yiwu, se han asociado en los llamados “Mall chinos”, con la misma idea del de acá. “Ciudad China” de Patronato, “Mall Universal” Alameda a la altura del 3000, el de la calle Conferencia, son los otros concurridos locales en la capital. Viajeros movedizos, viajan a China y compran directamente a los fabricantes, allá. Dicen que esta diáspora china, que va y viene como en un panal comercial mundial, sustenta a la poderosa industria manufacturera china. Las novedades las tienen con anticipación y el costo de las mercaderías, les permite, marcar más bajo que los comerciantes nativos.

En este llevar y traer, Ye Litao, cocinero chino, residente en Santiago, confiesa a “La Tercera”, que se casan con “chinitas”, no las de nuestros campos, si no traídas, previo pago de una dote desde su país. “Las chinas bonitas, cinco millones; las separadas, viudas o feas, depende las hay de uno o dos millones de pesos chilenos”.




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