Desde mi Balcón Natalino: Sabores directos, carpachos de guanaco y falsa diarrea

Cartas

Hace pocos días nos tocó despedir a Alvarito Ortega, conocido como “Don Alvarito”, propietario por muchos años de un restaurante pionero del turismo local, que llevaba ese mismo nombre. Campechano, reflejo de la personalidad de su padre un hombre sencillo, llegado de las cercanías de Osorno al Puerto Natales de los inicios; don Alvarito supo reflejar en su establecimiento una mezcla de la cocina argentina con la típica nuestra. Por muchos años, había ocupado el cargo de ser responsable del comedor de los ejecutivos y profesionales en el mineral argentino de Río Turbio; ello, le dejó una impronta, un don de caballero ante sus clientes, desde el más humilde chofer de una empresa turística al más copetudo de los incipientes empresarios de dicha actividad.

Eran sabores directos, sin sofisticación, servidos en un comedor, familiar por los manteles, cubiertas y servilleteros, donde sólo faltaba el botellón de soda para la ambientación de un restaurante patagónico, de esos pocos que todavía vemos en localidades de la Patagonia argentina, no contaminadas por el mercantilismo del turismo. El restaurante “Don Alvarito”, junto al “Ultima Esperanza de Manuel Marín” en la Costanera y el local de comidas de Segundo Alvarado, ya son parte del recuerdo, de aquel Puerto Natales poco pretencioso, que aún dormía la siesta provinciana, antes de llegar el envolvente influjo de la avalancha turística.

Eran los tiempos en los años 80 del siglo pasado, vivíamos el dramatismo de una ciudad empobrecida. La quimera del oro negro, del carbón de la cuenca carbonífera argentina, ya estaba vedada para los trabajadores chilenos. El turismo que se anunciaba lo veíamos como una fuente de ingresos, generadora de puestos de trabajo. Era necesario, vislumbrando en la lontananza, lo que hoy somos. No sabíamos que el turismo mercantiliza las culturas y hoy vemos a los visitantes, no sabemos si como fuentes de recursos o como molestias, más que como personas. Entiendo, el turista quiere ver cosas extrañas, pero a través de su cultura, con los ojos de su cultura.

Prueba fehaciente de la mercantilización a la cual hacemos referencia se hace evidente en la especulación territorial. La pérdida de la herencia local, la podemos observar mirando las coloridas pizarras de los locales de comida. Los menús de la prehistoria de nuestro turismo van desapareciendo, dando paso a rebuscados artilugios culinarios, bendecidos por un gurú, cuya inspiración y cultura desconocemos. Una mezcla de flexitarismo, grunge, fusión, sabores ancestrales y trashcooking.

Está primando la idea que un europeo o un americano no pueden irse de la Patagonia sin antes haber comido guanaco o liebre. También ofrecer como platos típicos centolla, ostiones y cordero ya definitivamente desaparecidos de las mesas magallánicas. Por eso me gusta la realización de la llamada Copa Gastronómica, organizada por nuestra Cámara de Turismo, a realizarse en Natales los días 2, 3 y 4 de octubre y cuyo objetivo principal es mejorar cada vez más la gastronomía local y regional. Ya van nueve versiones y vienen prestigiosos maestros de la gastronomía. Los he visto catalogar los platos en competencia y en la mayoría de los casos optan por los sabores directos. Un buen cable a tierra para nuestros hombres y mujeres de albos trajes que desde una cocina comercial, tratan de embelesar a los sibaritas que nos visitan.

Al final de esta columna, me daré una licencia, vaya una información muy ligada a la gastronomía y el turismo. En la hotelería española hay una preocupación. Ella tiene que ver con la llamada “falsa diarrea”. Turistas ingleses, a través de abogados piratas, están siendo tentados para presentar querellas a los hoteles de España donde se han hospedado, acusándolos de intoxicaciones alimentarias. Presentan las querellas en Inglaterra y piden indemnizaciones entre 5 mil y 6.000 libras esterlinas. Nadie se ha escapado de esta estafa organizada. Los fabuladores de las querellas, aceptan pago, siempre y cuando se gane. Los hoteleros, han preferido pagar la multa, y así evitan incurrir en defensas judiciales carísimas en tierras británicas. Los turistas felices porque, obviamente, las vacaciones les salen gratis.




Utiles