Desde mi Balcón Natalino: Mapuches argentinos

Cartas

Me declaro un lector entusiasta de la literatura referida a la historia de límites entre Chile y Argentina. Claro, que para su comprensión es necesario interiorizarse de los procesos históricos de ambos pueblos, ya que muchas de las decisiones sobre delimitaciones geográficas, están ligadas a una relación de causa-efecto. Lo cierto es que Chile cuando cede los territorios del Río Negro al sur lo hace en momentos de un desgaste absoluto tanto en sus Fuerzas Armadas como en su hacienda pública a raíz de la Guerra del Pacífico. El Tratado de Límites de 1881 no fue culpa de las malas negociaciones chilenas en manos principalmente de Barros Arana. Al gobierno nuestro simplemente no le interesaban los vastos territorios pampeanos de lo que hoy es Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz.

Trágica decisión, la chilena, para los pueblos originarios de los territorios despreciados, pues mapuches, ranqueles y los pocos tehuelches que aún sobrevivían, sufrieron la campaña de ocupación y pacificación por parte del Ejército argentino dirigido por el general Julio Argentino Roca. Su preocupación preferente: obligar a los mapuches a cruzar la frontera, por considerar a dicho pueblo, ajeno al espíritu de la nacionalidad argentina.

No tuvo tiempo Roca ni de estudiar ni de entender la cosmovisión del pueblo expulsado y sojuzgado. Para ellos, los mapuches, sus territorios ancestrales nacían en el este, por donde aparecía el sol; de los cuatro puntos cardinales, a diferencia de los occidentales que tienen como referencia el norte, el pueblo mapuche privilegia el este, hacia donde se mira al orar y donde están sus deidades y antepasados. Los territorios mapuches comenzaban en el Este (Pwel) y terminaban en el mar (Lafken). Las fronteras entre países para las familias mapuches no existían. Al iniciar la llamada “Conquista del Desierto” (1878-1885), el general Roca estaba obstinado por perseguir las tribus de origen chileno.

En tanto en nuestro país, se desarrollaba la “Pacificación de la Araucanía” acción expropiatoria, sólo interrumpida con motivo de la Guerra del Pacífico y que durará hasta 1883. El objetivo de dicha campaña, se decía, era evitar el bandidaje atribuido a “tribus argentinas” que se introducían por la selva y los boquerones cercanos al volcán Llaima. Poderosos caciques, como Namuncurá, Reuquecurá, Colipan y Reumai, negociaban su estadía en Chile y evitaban pasar a territorio argentino donde también tenían tierras, por temor a la “campaña civilizatoria” del general Roca.

Hace pocos años me tocó compartir en Calafate con el autor del libro “La Patagonia Rebelde”, Osvaldo Bayer. Por aquellos días, Bayer andaba en una campaña “desmonumentalización” por genocida de Julio Argentino Roca, quien llegó a ser Presidente del vecino país en dos oportunidades. Se trataba, la campaña, de eliminar su nombre de calles en ciudades y en lo posible eliminar sus monumentos. A juicio de quienes pretenden revisar la historia del vecino país, Roca sacó de su territorio a los aborígenes, repartiendo 41 millones de hectáreas entre 1.800 socios de las Sociedades Rurales (grandes propietarios). En el Archivo General de la Nación, fueron encontrados avisos, de aquellos tristemente recordados años, que anunciaban a los ciudadanos del gran Buenos Aires, “hoy entrega de indios, a toda familia que lo requiera se le entregará un indio como peón, una chinita o chinito como mandadero”. No es difícil imaginar los dramas al ser separados los niños de sus progenitores en esta subasta macabra.

Le pregunté a Bayer el por qué en Argentina, habiendo sido más cruenta la cuestión indígena, no existía entre los descendientes de los pueblos aborígenes sacrificados, actitudes reivindicativas como en Chile; no tenía una respuesta precisa, pero me dio a entender que ya vendrían, pues son procesos sociales y culturales que requerían maduración. Lo sucedido en las cercanías de Bariloche, esta semana, la muerte de Rafael Nahuel, indica que inexorablemente los tiempos en la historia se cumplen.




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