Desde mi Balcón Natalino: Comercio natalino: los ferreteros que ya se fueron

Cartas

Con la muerte de Florencio Martínez, comerciante del rubro de las ferreterías en Puerto Natales, se ha marchado el último de los propietarios de este tipo de negocios, de aquel pueblo que el paso de los años ya relegó a las páginas de la añoranza. Por mucho tiempo, los natalinos sabíamos a quien recurrir para buscar una respuesta a los problemas relacionados con reparaciones hogareñas. Los cuatro locales especializados eran atendidos por sus propios dueños, que lucían el mismo delantal ferretero de sus operarios, cada cual con su especialidad en el rubro.

En las esquinas de Bulnes con Blanco Encalada, frente a su ferretería de atención familiar estaba Pedro Pivcevic; en otra esquina central con una amigable atención destacaba Jorge Muñoz Canales; una cuadra más allá, el último de los ferreteros que nos ha dejado, Florencio Martínez Soto; y lejos del centro en una pequeña ferretería de barrio, “tan buena como la mejor del centro”, siempre con su mate en mano, el recibimiento corría por cuenta de Ernesto Alvarado Villalobos.

Ellos fueron los responsables de entregar al comprador natalino, lo mejor de los materiales de su especialidad, en los tiempos de la autoconstrucción y del aparecimiento del barrio de los mineros, hacia el sector alto de la ciudad. Sus negocios estaban ideados para entregar sugerencias e incentivar a las personas a solucionar por sí mismo los problemas del hogar. Desde el avellanado de una cañería del gas, hasta sugerencias para pintura del futuro hogar, las gomitas de las llaves del lavamanos, pasando por el corte dimensionado de un vidrio roto en la escuela o en una pichanga de barrio.

Eran los años del crédito directo, con libros foliados, con el nombre propio o el apelativo del cliente, a veces por necesidad de ubicar mejor al deudor, sin direcciones, pues la cercanía de la convivencia diaria, permitía ir directo al domicilio, ya sea por un reparto o por un cobro moroso. Había un “Peneca Verde” que permitía “desmejorar el nivel de confianza” de los tramposos; los datos se traspasaban en los mediodías del juego de cacho en el Centro Español.

Ese fue el Puerto Natales que yo percibí en los años ochenta del siglo pasado, al llegar como vecino. Se han incorporado nuevos actores a su vecindad, los avances de Chile hacia una modernidad que no se detienen, la técnicas de ventas, jóvenes emprendedores obstinados en hacer del mercado un campo de batalla, ya no dejan lugar a actitudes solidarias; la máxima es “en los negocios, no hay amigos, sino clientes”.

En el comercio de hoy, digámoslo crudamente, ya no existe lugar para analfabetismos digitales; los organismos recaudadores de impuestos y todos los servicios públicos, además de la banca, marginan a aquellos deprivados de la ciencia informática, del merchandising y la mercadotecnia. Sin pensarlo han pasado a ser objetores de conciencia de los marginados. Sumado a lo anterior, el impacto que en estos mercados pequeños y autárquicos, tienen los grandes comercios, los malls chinos y chilenos, las cadenas de supermercados y cuanta bazofia despersonalizada se establece tendiente a arrinconar al consumidor.

Hay tantos temas sobre los cuales escribir. De lo poco que crecemos en población, de las leyes de excepción que ya no sirven para radicar ciudadanos en estos territorios; de la irresponsabilidad de traer trabajadores a las salmoniculturas dejando al Estado el cuidado de su salud, escolaridad y vivienda; de la marginalidad en Puerto Natales y sus tomas de terrenos.

Muchos pensarán que mi intención es convencer a los lectores, que los tiempos cada día que pasa son peores, pero eso es lejano a mi concepción de sociedad. Los tiempos son como siempre fueron; lo que empeora o mejora es la gente.




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