Luego del Golpe de Estado de Pinochet, los pastores evangélicos chilenos (la gran mayoría) celebraron con acciones de gracias en todo el territorio nacional.  Es que el advenimiento de Pinochet, ese fatídico 11 de septiembre de 1973, se tradujo para ellos casi como la segunda venida del mesías.  ¡Aleluya! ¡Salvador de la patria! ¡Nos salvó del comunismo ateo! ¡Alabado sea dios! y etcétera, etcétera. 

La sentida gratitud que le rindió el cuerpo de pastores chilenos al dictador fue un hecho permanente bajo el régimen militar, el que se vio especialmente avivado cuando, a poco andar de ese golpe milico, aterriza en Chile un evangelista llamado Yiye Ávila.  A estadio nacional lleno, y copiando groseramente el estilo de los telepredicadores millonarios yankees -o jurándose un Moisés bajando del Sinaí-, este predicador desciende de un imponente helicóptero facilitado por el propio dictador.   “Dios ungió a este gobernante”, gritó en su prédica, refiriéndose a Pinochet. Y el estadio entero estalló en llantos, zapateos y aleluyas.  

Solo gratitud y admiración le prodigó y publicitó este grupo de pastores al citado dictador durante 17 años (incluso, tal fenómeno se da hasta hoy), expresiones que alcanzaban su clímax publicitario en las liturgias de los Te Deum televisados con ocasión de las fiestas patrias, donde en rigor se le rindió culto durante todo ese tiempo no al dios del mundo evangélico o cristiano sino al propio Pinochet por parte de estos pastores.    

Los pastores evangélicos fueron en Chile una auténtica legión de perritos guardianes del tirano asesino. Nunca les importó la sangre inocente derramada en Chile bajo su cruel mandato; tampoco los delitos de lesa humanidad que cometieron agentes del Estado contra miles de compatriotas nuestros por orden del dictador durante ese período trágico de nuestra historia.  

Y cuando el pueblo de Chile entero despierta y se levanta para cambiar el modelo social perverso que nos legaron Pinochet y sus secuaces,  y cuando no pocos creían que estos pastores (dado su silencio)  habían hecho su mea culpa, o que la natural regeneración o renovación de rostros y discursos era un hecho al interior de este grupo de religiosos  – y aunque luego de no haber dicho nada durante décadas en contra de ese modelo social perverso-, resulta que ahora sacan la voz en bloque para escarnecer al pueblo mutilado  -cuyas cuencas oculares son literalmente desangradas por la policía de Piñera en las calles, pueblo que sufre por atreverse a clamar justicia, igualdad y dignidad-; sacan la voz para defender sin pudor lo indefendible: el legado social deshumanizante y anticristiano que dejara Pinochet como herencia nefasta y que castiga a esa abrumadora mayoría de habitantes de esta tierra herida que dijo ¡basta! el 18 de octubre del año recién pasado.  

¿Debiera entonces sorprendernos que estos pastores Caínes, gozadores sin pausa del Paraíso de Mammón[1] (el “oasis” de Piñera… reservado solo a un selecto grupo de elegidos en Chile), Caínes que no oyen la voz de la viuda ni del huérfano ni del extranjero que clama justicia dentro y fuera de sus catedrales, sean hoy los guardianes oficiosos, los santos custodios, los más férreos defensores de una Constitución pinochetista que viene manchada con la sangre de sus propios herman@s?  

Respecto de estos pastores Caínes, consúltese por favor:  https://eluniversal.cl/contenido/8730/pastores-evangelicos-hacen-un-fuerte-llamado-para-rechazar-el-plebiscito-de-abri  

Excluyo de este apunte a ese reducidísimo número de pastores que en Chile estuvieron y han estado siempre del lado del pueblo que sufre y de sus luchas justas. 

Noé Bastías
Profesor de Filosofías