No condenes, José Antonio. Piensa en las Nadias

Te escribo, ante todo, para contarte que te sigo en Twitter porque admiro tu trayectoria profesional y humana y tu gran talento como periodista. De hecho, soy un fiel televidente de “Pauta libre” cada domingo.

Pero también te escribo porque hoy, luego de leer un tuit tuyo, ese en el que expresas que “… después de pedir dignidad terminan en el mall…”, tuit que cierras con el veredicto fulminante de que “¡Cada país tiene el sistema que busca y merece!”, me quedé pensativo. Por cierto, entiendo que este tuit surge a propósito de tu preocupación por la pandemia y las aglomeraciones en los malls. ¿Quién podría no entender tu preocupación? 

Mas, creo, estimado, que a un@s más, a otr@ menos, a tod@s nos tragó de alguna manera esta maquinaria neoliberal tiránicamente dominante de la neuroeconomía y el neuromárketing. Se trata del modelo de vida en el que habitamos, modelo de vida que también nos habita. A eso aludía Aristóteles cuando afirmó que el ser humano no se puede sustraer de lo social, que es un animal social. Quien se sitúe existencialmente fuera de la sociedad -decía el filósofo- o es un dios o es una bestia. 

Volviendo a la maquinaria, ésta macdonalizó al mundo, partiendo por el paladar, llegando incluso a configurar el cómo debemos sentir y a determinar en buena medida cómo debemos expresar los afectos. Es que esa maquinaria ha terminado por profanar incluso los afectos humanos, afectos que en estas fechas se sienten como angustias adentro en muchas personas, y todo por ir tras el mejor regalo.  

Quería contarte, en fin, que cuando leí tu tuit me acordé de Nadia. Nadia es una abuelita pobre, que vive sola, y a la que esta maquinaria deshumanizante, no sé cómo, le enseñó que su amor a sus niet@s no puede expresarse en estas fechas con una simple flor ni con uno de esos pancitos amasados tan ricos que ella cocina (cuando tiene harina en su habitáculo casi oscuro de 2 X 3 mts). La pobre abuelita se gasta casi la mitad de su pensión miserable en regalos para sus familiares y sus 10 nietos en fechas como estas. Y el único comercio cercano a su modesta vivienda y que a ella le atrae es el mall. No puedo juzgarla por ello. 

De esta manera, yendo al mall, esta abuelita intenta curar de alguna manera sus carencias, su encierro y su soledad (¿cuánt@s como ella no lo hacen?), los que se han exacerbado en ella   durante todo este tiempo de pandemia. Con los regalos que compra en estos días probablemente les pedirá a l@s destinatari@s de éstos que no la olviden; claro que sin enunciar ni pronunciar una sola palabra.   

Las Nadias y las mayorías de quienes como ella concurren como ovejitas al mall por estos días no merecen el sistema que nos rige. ¡Menos un contagio masivo con el Covid “por imprudentes”! ¡También concurrieron como ovejitas la otra vez a marcar con un lápiz azul “APRUEBO”!  

Y aunque miles de Nadias vayan a un mall por estos días, ello no le resta ni un ápice de potencia a es@s otr@s tantos miles (aunque vayan también a un mall) que han exigido dignidad para nuestras Nadias.  

No me parece justa la afirmación de que “cada país merece el sistema que tiene”. Es lo mismo que decir que cada uno recibe en la vida lo que merece.   

Nadia no merece la pensión de hambre que recibe. Nadie merece como castigo un contagio con el Covid por ir a un mall. Nadie merece el sistema neoliberal indolente y abusivo de las triangulaciones con que en Chile se aseguran unas minorías a costas de astillar y precarizar la vida y la dignidad de miles de abuelitas como Nadia.    

No condenes, estimado José Antonio. Piensa en las Nadias. En la navidad que vivirán las Nadias.