por Paula Molina

Hoy enfrentamos un sinnúmero de riesgos para la salud, aunque muchos de ellos no tienen la notoriedad que debiesen. Las dislipidemias, por ejemplo, son un conjunto de afecciones o trastornos metabólicos que tienen en común la concentración de lípidos (grasa) en la sangre y que quizás, por esto, pasan desapercibidas para quienes la padecen. Entre ellas, está la hipercolesterolemia y la hipertrigliceridemia; vale decir, colesterol o triglicéridos altos.  

De hecho, en Chile y de acuerdo a la última Encuesta Nacional de Salud, existe una alta prevalencia de hipercolesterolemia en la población adulta, pero -pesar de lo anterior- únicamente el 30% de las personas conoce su condición. El problema de esto es que las dislipidemias son un factor de riesgo para el desarrollo de enfermedades cardiovasculares, la principal causa de muerte en el mundo y una de las principales en nuestro país, según la misma encuesta. 

Pero, ¿por qué van en crecimiento? Simple. Existe una mayor incidencia en personas con sobrepeso y obesidad, aumentando su prevalencia.  En este sentido, nos urgen políticas eficientes para controlar esta otra pandemia, que mantiene a Chile como el país con mayor obesidad y sobrepeso (74% de la población adulta) dentro de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE).

Los especialistas señalan que para controlar las dislipidemias –y la misma obesidad- se debe llevar una dieta balanceada, que evite las grasas y los azúcares, además de realizar ejercicios de manera frecuente y evitar factores externos de riesgo como el tabaco y el alcohol. Pero, ¿es posible llevar una dieta balanceada cuando, de acuerdo a la CEPAL y el Programa Mundial de Alimentos, una dieta saludable es un 37% más cara que una normal? ¿Cómo comemos “más sano” si en 12 años el consumo de alimentos procesados ha crecido en un 25% y el consumo de comida rápida en un 40%?

El mismo Ministerio de Salud estimó en 2019 que la obesidad genera al sector salud un costo anual de casi 1.7 millones de dólares, considerando sólo la existencia de esta enfermedad, sin incluir aquellos indirectos asociados a las pérdidas de productividad por ausentismo laboral o mortalidad prematura. Por otra parte, en 2017 se le atribuía un costo de 0.24% del PIB a las enfermedades cardiovasculares. 

Si bien estas alteraciones metabólicas responden bien al tratamiento farmacológico, la prevención será siempre la clave del éxito (sanitario y económico) para un país.

 Es necesario la implementación y fortalecimiento de medidas que eduquen a la población, pero también un mayor control de los índices en pacientes – hoy incluso existen lugares en farmacias donde pueden realizarse, además de consultorios o centros hospitalarios-, además de formas de mejorar el acceso a alimentos menos procesados y oportunidades para la realización de actividad física de forma permanente. Este debe ser uno de los tantos desafíos para los tiempos que vienen.