Los pescadores Francisco y Juan Eduardo Teca Aguilante encallaron en esa ruda zona, en medio de un temporal. Estuvieron tres días a la intemperie con con lo que pudieron rescatar de su maltrecha lancha, y vivieron para contarlo.

Aunque no era la primera vez que los hermanos Francisco (30) y Juan Eduardo (29) Teca Aguilante se enfrentaban a la adversidad que significa un naufragio, lo que les ocurrió la semana pasada es una proeza digna de los más valientes hombres.

El miércoles 25 se dirigían en su lancha “Andrea”, recién adquirida en Calbuco, rumbo a Puerto Natales; pero, navegando en el Golfo de Penas, y en medio del mal tiempo, con fuerte oleaje de hasta cinco metros, sufrieron una falla en el motor, “no hubo vuelta atrás, así que empezar a maniobrar, a ver qué se puede hacer para tratar de no salir en un barranco, una parte que no sea tan mala tampoco teníamos descartado que íbamos a sobrevivir, así que activamos los medios, lo que siempre sabemos hacer nosotros, estamos acostumbrados a andar así, en la pesca, así que hacer las cosas todo rápido arriba, en cubierta, y mantener la calma. Así que de a poco, con un saco de dormir hicimos una vela y tratamos de sacarlo para otro rumbo, para que no nos lleve a unos barrancos que habían, porque ahí no sobrevivíamos”, relata Francisco.
“Tratamos de calmarnos, relajarnos, no desesperarnos, ante todo; si no, no íbamos a hace nada. Tratar de llegar a la costa, saltar y sobrevivir a la catástrofe”, añade Juan Eduardo.

El hermano mayor continúa. “Ya cuando encallamos, fue como a las dos y media o tres de la tarde (el 25 de marzo), con el (problema del) motor. De ahí, como a las seis llegamos a la costa. Como en el segundo, tercer impacto tratamos de saltar para los lados, porque al primer impacto no saltamos al tiro, porque íbamos a quedar muy a medio y nos podía saltar la lancha sobre nosotros”.

Vestidos con sus trajes de buzo, lanzaron al agua “antes que nada, la radio y la antena, después la recuperé, con una batería que teníamos arriba”. Además, previendo lo que venía, rescataron de la misma manera algunos alimentos, fósforos, sacos de dormir, un colchón, agua en bidones, ropa, la que “estaba toda mojada, porque en la misma tarde, cuando encallamos, la lancha se empezó a destruir al tiro y se mojó todo, estaba lloviendo, toda la noche, más encima mojados. Como íbamos cansados los dos, caímos a dormir afuera en la costa, no más, todos mojados, así que nos aguantamos al otro día y mirando a qué hora alguien pasa”, cuenta Juan.

A la intemperie

Esa primera jornada, el miércoles en la noche, solo querían descansar y así se quedaron a la intemperie, agotados, mareados y con los consiguientes vómitos que eso significa; solo durmieron, abrazados para tomar calor, coinciden ambos. “Ni ganas de comer teníamos, estábamos más que nada asustados”, agrega Juan.

Su hermano mayor explica que “el segundo día calmó el temporal. Ya como a las tres de la tarde, así mojados no más, juntamos todas las tablitas de la lancha, empezamos a hacer una ruca chiquitita para que no nos mojemos y lo equipamos con el colchón, lo secamos, hicimos una fogata, todo eso alcanzamos a sacar”.
Francisco recuerda la tristeza que sentía al pensar en su familia que lo esperaba en Puerto Natales, donde ambos hermanos oriundos de Queilen viven desde hace nueve años. “Los dos tenemos hijos, así que más era el miedo de pensar que íbamos a morir no más”, sin despedirse de sus seres queridos.

Sobrevivir

Con la radio que rescataron, pudieron después hacer llamadas de auxilio. “Hacíamos un llamado en línea en la mañana, al mediodía y en la tarde, porque ahí como no pasa ni un buque, lancha, no hay nada, así que unas cuantas horas no más, haciendo llamadas de socorro. Estábamos medios tristes porque ninguno respondía la radio”, explica Francisco.

Si ya no llegaba ayuda, tenían pensado caminar a Laguna San Rafael o sino al Cabo Raper, hacia el sur. Para cualquiera de los dos lugares serían unos ocho o nueve días, calculaban. “Más complicado estaba para el este, para la laguna, porque no sabíamos con qué nos íbamos a topar ahí: con bosques o campos de hielo. Pero sí lo íbamos a hacer: tratar de sobrevivir”.

En eso estaban, cuando la mañana del sábado 28 la tripulación del buque wellboat “Ronia Diamond”, perteneciente a la empresa Solvtrans Chile, recibió la llamada de auxilio de los pescadores. La nave se encontraba navegando al norte, desde Puerto Natales, con una carga de salmones vivos, pero decidieron volver al sur, al recibir el pedido de socorro.

“Ese barco que pasó de milagro, no sé si alguien envió, no sé. Pero ya habían pasado, apenas nos escucharon, volvieron. Antes de que se nos apaguen nuestros celulares, teníamos la posición donde estábamos nosotros, lo dejamos tallado en una tabla, y con la radio pudimos decirles algo, y (lanzamos) unas bengalas de humo, así que con eso nos captaron al tiro”, narra Francisco sobre el momento de tomar contacto con el wellboat.

“Yo creo que alguien anduvo cuidándonos porque nosotros no más sabemos lo que nos apareció”, dice. “Lo importante es que nos salvamos, así es la vida y hay que continuar no más”.

Apoyo económico

Al ser rescatados, estaban con signos de hipotermia, deterioro físico, deshidratación y estrés. “Los muchachos se portaron bien ahí, nos atendieron a bordo y nos trajeron de vuelta, de momento nos tienen acá en Puerto Montt, nos brindaron toda su ayuda”, explica Juan.

La empresa del barco les dio alojamiento en un hotel y gestiona los pasajes en avión hacia la Región de Magallanes, “porque nosotros hemos gastado harta plata en lancha, en materiales, así que estamos medios cortos, igual tenemos que estar enviando plata a Natales, así que ellos se ofrecieron y estoy muy agradecido de la gente de la empresa que nos rescató”, expresa Francisco.

Su hermano menor acota: “acá estamos con mi compañero, más calmados, pasó un poco más el susto que tuvimos; más grande es no saber si llegaría alguien o no a sacarnos, que no sabíamos si pasaría o no pasaría algún barco o algo por ahí en la costa. Pero lo bueno es que estamos bien y sobrevivimos a la catástrofe”.

Y manifiesta “nos vamos hacia Natales a seguir buceando, trabajando y tratar de salir adelante de nuevo. Pocos sobreviven donde encallamos nosotros. Por eso, siempre en la catástrofe (hay que) mantener la calma y no desesperarse, tratar de hacer lo mejor posible por salvarse”.

Francisco reflexiona “la experiencia fue media dramática, pero qué le vamos a hacer, acá estamos vivos todavía. No creo que ya muera en el mar y si lo hago, bienvenido sea”.